20/11/2009

REPRESIÓN, TRANSICIÓN Y MEMORIA HISTÓRICA
La represión franquista estaba desde sus inicios perfectamente diseñada y planificada en cada una de sus estrategias (violencia, ejecuciones, insultos, dolor, prisión) y en cada uno de sus objetivos (miedo, sumisión, culpabilidad, silencio, domesticación, amansamiento, pasividad). La propaganda era el principal instrumento para inculcar quiénes eran los malos y quiénes son los buenos.
“La represión no fue reactiva sino preventiva”, porque tenía que servir para “educar” a los perdedores, considerados siempre delincuentes y criminales, y para convertir a los “rojos ilusos y utópicos equivocados” en obedientes vasallos de la nueva ideología fascista. Para consolidar el nuevo régimen era también necesario que los hijos de los rojos crecieran, con la obligada complicidad del silencio de sus madres, sintiendo la vergüenza de sus padres fusilados o encarcelados.
Las prisiones, los campos de concentración o los campos de trabajo seguían la misma estrategia general. Por ello, las entradas de reclusos fueron masivas, pero sus salidas se estuvieron dosificando con libertades condicionales e indultos individualizados, si se mostraba arrepentimiento. Se trataba de convertir el perdón en propaganda interior sobre la bondad del dictador y en publicidad exterior sobre la apertura del régimen.
Aún tengo grabada en mi retina desde niño la sucesión de imágenes nocturnas de mi padre que, tras cerrar puertas y postigos, encendía el viejo aparato de radio, colocado en la pared, y, de pie, escuchaba silencioso, mientras yo desenredaba las tareas escolares. Aquello me provocaba inquietud: ¿Qué ocultan mis padres? ¿Habrán hecho algo malo? Imaginaba, asustado, a la Guardia Civil llamando a la puerta. Así participábamos los hijos del miedo establecido por el Régimen Fascista para anular psicológicamente a los vencidos.
Ya en mi juventud, descubrí que ellos no eran ni los malos ni los equivocados, sino únicamente los vencidos, que, por haber defendido la legalidad constitucional republicana, habían sido condenados por quienes la subvirtieron a sufrir en silencio su extensa y prolongada maldad.
Más tarde, ya como alcalde y estudioso de la historia del Municipio Republicano de Salvochea (El Campillo), me resultó muy triste, en plena democracia, seguir viviendo tantos años en el silencio público, cuando, en privado, mi padre, q.e.p.d., y otras muchas personas me transmitían sus legados históricos celosamente guardados, aunque ya algo deteriorados por el paso del tiempo. Su mayor preocupación era morir sin dejar vivos sus testimonios históricos y los de sus parientes y amigos.

El “espíritu de la transición” fue modélico y necesario para recuperar la democracia, pero no debió condicionar tanto su crecimiento. El objetivo de la transición, que obligó a las organizaciones políticas de los “perdedores” a silenciar su memoria, se cumplió y su “espíritu” debería estar ya suficientemente superado por el propio desarrollo democrático. Han pasado más de treinta años y nuestra democracia está ya suficientemente consolidada, por lo que aquel “espíritu” debe ser definitivamente enterrado.
Durante estos años de olvido en España, Europa ha estado ocupada en homenajear a sus héroes antifascistas y en conmemorar el triunfo de la democracia en sus “lugares de la memoria”. De estos homenajes han sido también receptores muchos republicanos españoles, por su colaboración en la lucha contra los “nazis”, en la que muchos dejaron sus vidas en campos de batalla o en centros de exterminios.
La llamada Ley de Memoria Histórica ha nacido con vocación de recuperar el tiempo perdido y de restablecer la esperanza frustrada de miles de represaliados, muchos de los cuales murieron en democracia, pero con la profunda tristeza de no ver restablecida su dignidad. Esta Ley es sólo el pistoletazo de salida de una carrera de fondo con varias metas:
· Que la memoria gane la batalla final al olvido y recupere definitivamente la dignidad de los olvidados.
· Que las Instituciones del Estado pongan a disposición de la sociedad todos los instrumentos necesarios (jurídicos, técnicos y económicos) para recuperar a las víctimas “desaparecidas” en papeles, fosas y cunetas.
· Que se declaren nulos los Consejos de Guerra Sumarísimos, dirigidos por militares ya cesados por rebeldes, sediciosos y golpistas, en los que se condenaba como Rebelión Militar haber defendido simplemente la legalidad constitucional republicana.
Para alcanzar estas metas debemos conjurarnos las asociaciones de Memoria Histórica y los poderes del Estado para comprometer a toda la sociedad española en la lucha por recuperar su dignidad colectiva. Mientras no lo consigamos no seremos plenamente dignos.
FERNANDO PINEDA LUNA.

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